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Arando el campo de la Bibliodiversidad

Julio César Félix Lerma

UNA LAGUNA VERTIDA EN UN GOLFO: LETRAS DE ESTA COMARCA EN LA REVISTA CULTURA DE VERACRUZ

Gerardo de Jesús Monroy
erathora@gmail.com

Una revista dedicada a la literatura ha de tener una vida difícil. Éste será el único mandamiento que no desdeñará cumplir toda publicación periódica que haya dispuesto como su objetivo entregar a las manos de sus lectores productos como estos: cuentos, novelas, versos: trabalenguas con los que el escritor sueña que su ocio queda justificado.

Hace dos años, en un artículo publicado en el Diario de Xalapa el 19 de septiembre de 2006, el narrador Raúl Hernández Viveros (Ciudad Mendoza, 1944) refirió de manera muy sucinta cómo la revista Cultura de Veracruz, en la que actúa como director desde su primer número, ha debido aparecer y desaparecer con intermitencias de luciérnaga, arrastrada por el ritmo forzoso de las descompensaciones monetarias.

El número 1 de Cultura de Veracruz vio la luz pública en 1996; no obstante —recuerda Hernández Viveros en el artículo al cual he aludido—, “en 2002 hubo un receso por cuestiones de falta de respaldos económicos [...]. Pero el año pasado [2005] renació Cultura de Veracruz, en su nueva época”.

Casi al final del texto, Hernández Viveros considera con optimismo:
“Cultura de Veracruz, en esta ocasión cumple fiel a sus proyectos, la tarea de abrir sus páginas a los jóvenes autores y al mismo tiempo insiste en darles su lugar a los ya consagrados. Lentamente se aleja el peligro de su desaparición, y al contrario sobresale su labor editorial con el sólo deseo de lograr y mantener la calidad literaria. Por su parte, continuará con sus ediciones de textos de investigación que merecen ser distribuidos como libros de texto en algunas universidades”.

Esa marea bonancible que dice el director de la revista, favorece a esta Laguna que los escritores nombramos. El número 32, el más reciente de Cultura de Veracruz, fue dedicado en su totalidad a la literatura creada por los autores que viven hoy o ayer nacieron en alguno de los 16 municipios de Coahuila y Durango que definen el disforme y movedizo espacio que en los días llamamos “Comarca Lagunera”.

Los azares geográficos, el desplazamiento de la mano de obra y la colocación preferida por la inversión de capitales determinaron que nuestros municipios quedasen vinculados; no sólo ya en lo económico sino, fatalmente, en lo anímico. Contemplamos a nuestra región, y de tal modo se la contempla también desde fuera, como si fuera casi un estado más de la república, con una identidad cultural distintiva; la cual, probablemente, no existe —pero creemos en ella. Las expresiones artísticas tradicionales, tales como la canción cardenche, que en el pasado brindaron su coloración folclórica a la zona, están a punto de desaparecer. Si alguien pudiera aislar los elementos que integran la vida psíquica de la Laguna que está desarrollándose frente a nosotros (y debido a nosotros), esos ingredientes no podrían ser muy distintos de aquellos que espesan el ajetreo de Guadalajara, el Distrito Federal o casi cualquier otra ciudad mexicana más o menos grande y más o menos moderna.

Los cinco cuentos comarcanos del número 32 de Cultura de Veracruz ilustran lo que he apuntado. Apenas abrir la revista encontramos El peor de los pecados, de Angélica López Gándara, y nos envuelve el viento melancólico que sopla en las obras de Katherine Mansfield. No prevea el lector un recorrido grave, porque la historia será relatada con humorismo.
El peor de los pecados —lo descubrió Jorge Luis Borges— es la infelicidad. En la mirada lumínica del poeta ciego, la infelicidad no es algo que nos sucede: es algo que nos causamos. Borges ha sido influenciado por sus estudios del budismo y de Nietzsche cuando juzga la tristeza como una falta (falta es delito y es carencia). Nos volvemos infelices cuando el mar nos ofusca o nos aterroriza, cuando la guerra deja de infundirnos alegría.

López Gándara nos introduce en la mirada con que indaga en su propio interior una dama burguesa de ésas que vemos cada domingo sonreír desde algún gélido rincón de la sección de Sociales de El Siglo de Torreón; ésas de las que las vecinas murmuran que “lo tienen todo”. Miren a la señora mirar a su marido: lo escruta casi con crueldad, sin compasión a veces y otras veces con relativa simpatía. La tortura a que nos someten nuestros celos proviene de la oposición entre una imaginación activa (creemos que el ser amado no es sincero con nosotros, y el cerebro repasa y configura las variantes posibles e imposibles de la insinceridad), por un lado; y, del otro lado, una realidad que aguarda entre las sombras, que “tanteamos”, que conocemos imperfectamente (no contamos con todas las pruebas de que se haya cometido una deslealtad). Esta escasez de elementos que nos muestra de sí la realidad es lo que aguija a la culpable del peor de los pecados a urdir sus multiplicadas narraciones. El final de El peor... no es sorprendente ni explosivo: no deslumbra —cual fuera la ambición de tantos cuentistas; pero el relato padece y soporta un brillo oscuro desde el principio hasta el final. “Soy la sombra que a nadie duele”.

El cuento anterior, como los otros cuatro que representan a la narrativa lagunera en la revista, podrían ser adaptados con poca dificultad a un contexto guanajuatense, yucateco o veracruzano; norteamericano, chileno o ruso. No señalo un defecto: constato la ausencia de la obligación folclórica. Los cinco escritores siembran sus aventuras en ambientes urbanos, sus personajes forman parte de la burguesía (alta o baja, pero siempre mediana), los diálogos son económicos con los localismos y, aunque a ratos creo apreciar cierto “color lagunero” (sólo en Mamá te habla, de Jaime Muñoz Vargas, y en Voces perdidas en el tiempo, de Salvador Sáenz), no estoy seguro de que los lectores de otras regiones del país no reconozcan como suyos el sentimentalismo de los personajes de Muñoz Vargas o la desfachatez del divertido relato de Salvador Sáenz. De hecho, las cantinas de Jaime me recuerdan a las de Monterrey, aunque los borrachos de allá no son tan llorones como los de aquí; creo que en el cuento de Jaime ustedes percibirán una “ternura ranchera” que podría ser específica de los laguneros. Completan el quinteto de narradores Édgar Salinas Uribe, con la única fantasía erótica del conjunto, y Vicente Alfonso (a quien “las pulgas de las revistas”, las erratas, le cambiaron el nombre), con una aventura humorística.

Esta edición de Cultura de Veracruz reúne a seis muy distintos poetas de la Comarca. El poema de Carlos Reyes celebra al sexo fundador de todos los horizontes: “el deseo sostiene el mundo como una erección”. El lezamiano Daniel Maldonado corre por sus palabras verboso e incontenible, entusiasmado por la riqueza combinatoria de su vocabulario; las páginas de Maldonado entrañan algunos de los enigmas más inquietantes que ha planteado en la Comarca un poeta en tiempos próximos: “no vaciles en restregarle guadañas a la duda/ pues el instante crujirá sobre el placer prescrito”. Al contrario de los poemas de Reyes y Maldonado, que se expanden en sentido horizontal, los de Julio César Félix lo hacen verticalmente: apuntan hacia abajo, como la flecha de un reloj cuando acaba la tarde; se parecen a una casa que quedó en obra negra, una piedra delgada que sueña otros anhelos: “fundemos ciudades de música/ ciudades de viento”. Saúl Rosales, mi maestro, pertenece al grupo, cada vez más reducido, de poetas que creen posible la comunicación con los demás hombres; por eso sus escenarios son los de los demás hombres: una banqueta, un tianguis, el umbral de una casa. He recordado a Brecht en muchas ocasiones, cuando leo a Rosales: “El vendedor tarahumara de canastos/ surgido de abandonos y miserias/ y con un vigor gastado afilándole los rasgos/ también viene a ofrecer a mi puerta/ su producto paupérrimo y astroso”.

Otro poeta que no rompe el vínculo del lenguaje común a él y a su lector, es Fernando Martínez Sánchez, quien forja minuciosamente sus versos con honestidad artesanal. Eso no implica mantener una posición ingenua frente a la escritura; con una ironía que en algo recuerda la de Nicanor Parra, Martínez Sánchez escribe en Metafísica: “Acomodado, a la sombra del aire,/ pretendo rescatar unas palabras./ La verdad, son muy pocas las que sirven./ Se agotaron por hablar de lo mismo./ Si observamos la piel de las metáforas,/ apenas nacen y se vuelven viejas”. Uno de los poemas de Fernando Martínez, El crepitar del tiempo, especialmente, dejará un eco en la memoria del lector, por la amplia bóveda atmosférica que sabe crear con muy pocas palabras: “En el amplio horizonte/ se derrama la luz/ como en una pintura/ donde aparecen cosas/ que sólo el amor nombra”.

El abundante ensayo Las parejas impares de la literatura lagunera, del profesor Martínez —que coahuilenses y duranguenses habíamos tenido oportunidad de ver en Acequias, revista de la Universidad Iberoamericana plantel Laguna—, cubre con sorprendente detalle la historia de las letras regionales desde 1949, cuando Lilia Rosa obtiene para su novela Vainilla, bronce y morir el premio del periódico capitalino El Universal.

Por último, Veracruz recuerda a Enriqueta Ochoa, nacida en Torreón en 1928. Ella es una de las poetas que verdaderamente podemos llamar así, poeta, sin abusar de la palabra. Un día, cuando aprendamos a leer sin los prejuicios de las celebridades y las literaturas, descubriremos que antes que Octavio Paz, que Rosario Castellanos, que cualquier otro desde Gorostiza, fue Enriqueta Ochoa la poeta mexicana más extensa y más urgente. Cien páginas no bastarían para abordar la obra de Ochoa; aun así, es una equivocación, en este número de Cultura de Veracruz, que a los demás escritores se les dediquen generosos párrafos biográficos y de ella no se diga nada. Deja un sabor extraño en la lectura.

También es una lástima que aparezca con un solo y breve —si bien muy hermoso— poema. Debo añadir como un descuido más la ausencia de reconocimiento a Julio César Félix por su trabajo de coordinación. Félix, al lado de cada autor, seleccionó y preparó los textos que aparecen en la edición final de Cultura de Veracruz, pero esto no se menciona en ninguna parte en el ejemplar que poseo.

El viaje por las páginas de la revista se vuelve más amable gracias a la inclusión de la obra gráfica del lerdense Alonso Licerio, ex-director del Museo de Arte Moderno de la Casa de la Cultura de Gómez Palacio. La blanquirroja y lúcida portada es como un agua que refleja, transformándolo, el sol de esta pequeña patria.

Hay buenas razones para que veracruzanos, duranguenses, coahuilenses y gente de todo el país adquiramos este número de Cultura de Veracruz. Espero haber dado cuenta de ellas. Una selección más amplia de autores habría sido imposible, por la estructura propia de cualquier revista; un lector de la localidad podría recordar a tres, o cinco o diez nombres más cuya inclusión hubiera sido justa, pero este primer acercamiento de Cultura de Veracruz a la Comarca es suficientemente amplio y diverso para interesar a los lectores del Golfo en nuestra Laguna. Les agradezco a Raúl Hernández Viveros, a Julio César Félix y a todos los que hayan participado en la edición de este número de Cultura de Veracruz, por habernos mirado de tan cerca.

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