
Uno de los peores crímenes del régimen del Partido Revolucionario Institucional en México se vivió hace 41 años. La responsabilidad fue asumida por el presidente Gustavo Díaz Ordaz.
Poco después de las 18:00 horas del miércoles 2 de octubre de 1968 las luces de bengala disparadas desde dos helicópteros sobre la Plaza de las Tres Culturas en Santiago Tlatelolco en la ciudad de México, fueron la señal para que comenzaran a disparar los francotiradores ubicados en las zonas altas del edificio Chihuahua, lugar donde se encontraban los oradores de un mitin estudiantil. Eran miembros del Batallón Olimpia identificados con un guante blanco en la mano izquierda.
Los disparos, según los testimonios, las fotografías y los videos iban dirigidos principalmente contra los soldados desplegados en la plaza, que ofrecieron una respuesta armada. Es claro que los militares apuntaban hacia ángulos elevados. Sin embargo, en la refriega las víctimas principales fueron civiles.
Muchos estudiantes fueron arrestados e incluso, para ello, se catearon los departamentos de las unidades habitacionales. En los sismos de 1985 corrieron rumores del encuentro de esqueletos de personas que se ocultaron y extraviaron en la red de tuberías de Tlatelolco.
Con la matanza del 2 de octubre terminó el movimiento de 1968 que buscaba mayores libertades de expresión. Como parte de ese movimiento se habían organizado enormes manifestaciones de protesta y se sufrieron cruentos hechos de represión. Los ejemplos de esto último son múltiples. Hubo arrestos injustificados, abusos de granaderos, un disparo de bazuca destrozó la puerta de la Escuela Nacional Preparatoria de las calles de San Ildefonso, el ejército mexicano ocupó Ciudad Universitaria y se tomaron las instalaciones del Casco de Santo Tomás del Instituto Politécnico Nacional. Los sucesos se encuentran glosados en el extraordinario libro
Los días y los años de Luis González de Alba.
En octubre de 1968 los periódicos hablaron de un saldo de 20 muertos, aunque la revista
Siempre! publicó que habían sido 40, que fue el número más alto que manejó un medio nacional. De todos modos nadie creyó en el número. Poco después de la matanza, el periodista norteamericano Drew Pearson publicó que habían muerto 130 estudiantes y John Rodda, enviado por el periódico británico
The Guardian, reportó 325 muertos. La izquierda mexicana ha estado especialmente interesada en que la cifra sea elevada.
Las leyendas urbanas han hablado de cientos e incluso miles de cadáveres llevados en helicópteros para arrojarlos al mar o en camiones de carga para quemarlos en la sierra. Conozco muchas personas cuyos tíos o parientes fueron testigos o incluso participaron en estas macabras operaciones ocultas. De hecho, podría decirse que no existe familia que no tenga un testigo subrepticio de esta operación oculta. Incluso, si sumo los tíos que viajaron en los helicópteros razonablemente estimo que fueron más que los cadáveres.
Hay incluso una historia recurrente de un piloto civil, a veces de un helicóptero y otras de un avión, al que llamaron de noche para cargar muertos y que bajo amenazas contra su vida tenía que guardar silencio. Innumerables veces me han comentado la historia con los mismos elementos pero distinto protagonista.
Acerca de la responsabilidad de los hechos poco se ha efectuado. En 1993 se formó una comisión de la verdad que sólo sirvió para reuniones sociales. En 1998 otra comisión especial también fracasó. La Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado de 2005 hizo más al indiciar a varias personas, entre ellas a Luis Echeverría Álvarez que salió exonerado del proceso por falta de pruebas.
Muchos historiadores, periodistas y políticos han intentado investigar cuántas personas murieron realmente en Tlatelolco. Sergio Aguayo en su libro
Archivos de la violencia comentó que de repente los libros, estudios y artículos sobre el movimiento de 1968 manejó la cifra de 300 muertos y que ese fue un consenso.
Entre los esfuerzos serios por llegar a la verdad histórica del número de muertos de la Plaza de las Tres Culturas, destaca el de The Nacional Security Archive cuyos miembros se sumergieron en los documentos policiacos y militares abiertos por el gobierno del presidente Vicente Fox en 2002 y remitidos al Archivo General de la Nación. La lista, con nombres y apellidos, llega a 34 personas muertas más 10 desconocidos. Entre ellos están estudiantes, trabajadores, un maestro, un ama de casa, una empleada doméstica y dos soldados. Entonces, el número de 44 fallecidos es la cifra más cierta.
Las víctimas del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco fueron un número menor que los cristeros y los sinarquistas, y también fallecidos tuvieron el vasconcelismo y el almazanismo. También son crímenes del régimen priista. Esos movimientos, para la izquierda mexicana, si merecen olvidarse, y sus muertos no son tan muertos como los de 1968.
Después de 1968 nació una industria que poco a poco obtuvo ganancias. Los sobrevivientes ganaron puestos políticos, becas culturales, diputaciones, lugares preferentes en las marchas, empleos para ellos o sus familias y, además, el derecho de vetar la opinión de todos los demás que no estuvieron presentes en el movimiento. Buenas rentas obtuvieron los dirigentes estudiantiles.
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