Durante mi adolescencia, cuando adquirí el hábito-enfermedad de la lectura, me encantaban mis solitarias expediciones a la librería Millán, donde mi padre tenía cuenta y, sin abusar, podía elegir con periodicidad nuevos libros a los que hincar el diente. Como les sucede a muchos amantes de los libros –y de sus contenidos-, aquellos viajes por la jungla bibliófila tenía mucho de descubrimiento, pues, en general, no acudía en busca de algo en concreto sino que dejaba vagar mis pupilas por los títulos buscando alguno que encendiera una chispa. Después, ojeaba la contraportada para confirmar que “allí había algo para mí”.
En estos últimos años, sin embargo, un poco decepcionado por los libros que han caído en mis manos y por la falta de tiempo, había dejado de lado esa costumbre. Con el vaciado de la casa de mis padres, he vuelto un poco a aquellos tiempos. Muchos se los llevó un librero de viejo, pero yo me reservé un par de cajas. Me sorprende que, a pesar de haber leído en su día bastantes de los libros que cubrían los anaqueles, quedan muchos que, por lo visto, en aquel entonces no me llamaron la atención y hoy sí.
El último ha sido “La amarilla nostalgia”, de Jean Lartedoy, militar y periodista en las diferentes guerras coloniales francesas, edición de Editorial Brugera de 1963. 160 pesetas. El libro, en realidad son dos, ya que el autor los escribió como novelas independientes, pero posteriormente las juntó en un único volumen. Como casi todos los autores de mi casa paterna, hoy son casi desconocidos, aunque en aquellas décadas de los 50 y 60 fueran celebérrimos, lo que atestigua lo efímero de la fama literaria. El libro me ha gustado mucho. En el primer libro relata los días previos al abandono por parte de los franceses de Hanoi; y en el segundo libro, la guerra de clanes y la pérdida de Saigón; ambos, retazos de una historia que en España, a fecha de hoy, nos es totalmente desconocida. En mi cabeza, siempre hubo una laguna que no se explicaba cómo, si aquella Indochina era francesa, acabó siendo la primera guerra que perdieron los americanos. En el libro se atisba el porqué.
Lo relata desde el punto de vista del grupo de periodistas, sobre todo franceses, que cubrieron la crónica de ambas derrotas a manos de los vietminhs y la guerra de los clanes, en su particular versión del “desastre del 98” francés durante 1954 y 55, en Indochina. Como digo, el libro merece su lectura aunque, al igual que me está sucediendo con otros de este particular “revival” de la biblioteca paterna, lo que más me sorprende es que ese libro estuviera allí. Mi padre, y sobre todo mi madre, eran de un catolicismo tan exagerado y ultramoral como la época en la que les tocó vivir. No obstante, en esta nostalgia amarilla, aunque las escenas, digamos que “calientes”, brillan por su ausencia, el retrato de aquella sociedad periodística choca por lo, casi, depravado y amoral. El alcohol y, sobre todo, el opio es más habitual que una buena comida. Las escasas mujeres que aparecen retratadas son, o bien prostitutas que pasan de mano en mano, o terceronas casadas con algún francés y aún más promiscuas que las profesionales, como si de auténticas ninfómanas se tratara. Cuando recapacito sobre la impresión que esa novela, reflejo de un ambiente de absoluta decadencia moral, debió causar en mi mojigata –creía yo- madre -su probable lectora-, me quedo perplejo. Realmente, saber que la vida de los europeos en Asia era de esa índole, debió ser perturbadora para una mujer de la España franquista de los 60. Aunque al ir leyendo aquella polvorienta biblioteca, mis certezas sobre la verdadera personalidad de mis padres se hacen añicos, como un cristal fino al caer sobre el mármol.
Ahora es cuando uno se lamenta, como pasa tantas veces, no haber insistido más en intercambiar información real con ellos…, aunque sospecho que lo más probable es que sus respuestas habrían sido tan políticamente correctas como cuando a los doce años les interrogué sobre el sexo. ¿Seré así yo también con mis hijas? Debe ser complicado olvidar el instinto protector y asumir como un igual intelectual a un hijo.
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