Uno estudia con crítica, y algo escéptica mirada, las estanterías del salón, donde yacen abandonados al menos desde hace 20 años, cuando dejé el hogar paterno, la parte de más enjundia de la biblioteca familiar. Allí están las obras completas, la enciclopedia y los espléndidos y enormes libros franceses repletos de bellísimos grabados de la época. A título de curiosidad, hace un par de meses vi en una librería de viejo, idénticos grabados recortados y enmarcados de baratero a 5€ cada uno.
Elijo sin prisas cinco libros que me llevaré en este viaje. Al llegar a mi casa, opto por leer uno que jamás ojeé. Lélia o la vida de George Sand, de André Maurois. Al asirlo con la decisión de que comparta mis próximos días, se eleva de su tomo ese olor inconfundible del libro abandonado a su destino durante muchos años; mezcla de humedad y polvo acumulado en invisibles capas. Las esquinas de las hojas tienen unas manchas marrones que recuerdan a las que van marcando las manos y rostros de los viejos. Es curioso como durante la siguiente semana ese olor que todo lector serio conoce, va desapareciendo, como si la vida hubiera vuelto a sus hojas. Aunque quizás sea una mera ilusión olfativa y el tener bajo mis narices tantas horas el objeto, el olor se vuelve indistinguible sólo para mí.
En su día, sí que leí varios tomos de las obras completas de André Maurois y me gustó particularmente “La máquina de leer los pensamientos”. Creo que las conclusiones a las que llega el escritor francés son reales como la vida misma: mejor no conocer los pensamientos más íntimos de las personas queridas; son demasiado hirientes. Del resto, apenas recuerdo nada. Y en aquella época las biografías, como la de Chateaubriand que también he cogido, no me sedujeron en absoluto.
Mis prejuicios sobre George Sand son dos fundamentalmente. De un lado, una vieja película que vi hace mil años sobre la vida de Chopin. Sand fue amante suya durante ocho años y el vaguísimo poso que queda en mi memoria sobre ella es que la Sand era una mujer que no quería serlo. La otra tiene que ver con Mallorca. Chopin y la Sand pasaron varios meses en la isla, concretamente en la cartuja de Valldemosa y la escritora reflejó con desprecio a los mallorquines y sus costumbres en “Un invierno en Mallorca”, libro exhibido por doquier en todas las tiendas de suvenires de Valldemosa y en todas las librerías de la isla; en español, inglés, alemán, etc. Es probablemente el mayor éxito en ventas de las últimas décadas en Mallorca. Y eso que pone a parir a sus habitantes. Si los hubiera alagado, sospecho que sería libro de lectura obligatoria en los institutos.
Pero lo cierto es que, con la excepción de Mallorca, y supongo que de Nohant, donde vivió la mayor parte de su vida, en su casa solariega, hoy en día casi nadie se acuerda de Aurore Dupin, más conocida como George Sand.
Eso es lo que me decidió a leer el libro. Me atrajo el vértigo de leer desde el siglo XXI un libro escrito hace sesenta años por Émile Herzog, conocido por su pseudónimo André Maurois sobre una escritora compatriota, también conocida por su pseudónimo, George Sand que murió nueve años antes de que André naciera. Había un último motivo: acercarme un poco a mi madre, probable lectora del libro y que falleció cuando yo contaba con veinticuatro años, mientras hacía el servicio militar.
Os adjunto una fotografía de un objeto, sospecho que de adquisición reciente, que encontré en otra de las librerías de la casa.

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