TRABAJO OBLIGATORIO
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Desde el Frankenstein de Mary Shelley toda la narrativa de ciencia-ficción parece de acuerdo en hacer parecer a los autómatas como una amenaza para la existencia de los seres humanos. Nada tiene de extraño si tenemos en cuenta quiénes son los que escriben estas novelas y a qué público van dirigidas. La ociosidad burguesa contempla más o menos horrorizada los vicios y la forma degradada y alienante de la clase trabajadora, cuyos miembros se han reducido por arte del Capital, la producción en cadena, el taylorismo y el fordismo a los autómatas que las élites de las formaciones precapitalistas jamás osaron soñar. Mientras que, de otra parte, las autoridades se preparan para contener el cada vez más quebradizo edificio de la explotación y la injusticia capitalista que los autómatas, los hombres máquina, en masa y tomando conciencia de su naturaleza, condición y existencia, se disponen a derribar en no pocos paises.
El plan de Víctor Frankenstein es el plan del liberalismo económico. Víctor pretendía crear una nueva especie de hombres, de nuevos Prometeos, como acertadamente subtitula Mary Shelley su novela. El liberalismo, por su parte, quería crear unas nuevas relaciones de producción. En cualquier caso, ambos querían dar lugar a una nueva era de "seres felices y maravillosos", dominados por el optimismo ilustrado, que entonarían la alabanza de la creación técnica e industrial.
La diferencia estriba en que mientras la historia de la Shelley acaba trágicamente porque pronto el creador se arrepentirá de su proeza, que por otra parte ya no tiene remedio porque la criatura ha escapado por completo de sus manos, el liberalismo continúa negando que esta situación es la suya. El drama es que ni uno ni otro pueden dominar las circunstancias, ni calcular los imprevistos, ni dar sentido a la vida de su "criatura", ni resolver finalmente las cosas con un juicio que restablezca el orden roto... En el caso de Víctor Frankenstein estamos ante la viva y conmovedora imagen de un dios que, desbordado por los acontecimientos, maldice su propia obra. En el caso del capitalismo, ante la dramática y patética imagen de otro que habla de desajustes, crisis pasajeras y daños colaterales porque se niega a aceptar la repulsiva fealdad de la monstruosidad a la que ha dado forma, las reales dimensiones del desastre del mundo.
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DIOS Y EL OTRO
1
En ocasiones, te entretienes en mirar el cielo, en ver pasar las nubes evanescentes que van cambiando de forma, o en contar las incontables estrellas, mientras bailan a tu alrededor la enfermedad, el dolor, la muerte, las ilusiones, el amor, el bienestar, las promesas... Pero, cuando bajas la vista, hallas a la realidad dándoles órdenes a los danzadores y organizando tus cosas, y te cagas en dios… aunque dios te perdona, porque tú mismo eres dios. Te hiciste dios para enmendar tus propios errores y salvarte (un dios que se afirma negándose a sí mismo). Pero yerras indefinidamente; en realidad, no eres más que un puzzle compuesto por pedazos de carne humana proveniente de numerosos cadáveres. Mataste a tu padre en cuanto éste hubo armado el rompecabezas. El reflejo de tu rostro, en los espejos o en el agua, no te resultaba conocido, no te revelaba identidad alguna; o quizás te descubría un amasijo de caras que se entremezclaban, anulándose las unas a las otras. Anduviste desesperado buscando a tu madre. Te volviste loco cuando supiste que tenías cientos de madres. E ibas regalándoles flores a las niñas que avivaban la tragedia en las orillas de los estanques.
2
Otras veces pareces estar absorto en tu propia estupidez, babeando, incapaz de reaccionar, ignorando lo temporal y lo físico (velocidad del objeto, corporeidad de la luz…); o te merece la pena hacer kilómetros y más kilómetros, conduciendo tu coche para ir a la gran ciudad, y, tras cumplir alguna fastidiosa obligación, pasear perdido entre la multitud, pensando en todo y en nada; sentarte en una terraza; beber una cerveza helada o un chocolate muy caliente; ser parte del decorado de la terraza; quedar fijado en la atemporalidad de la suma de todos los momentos del espacio telúrico de la terraza.
Y algunos días no puedes evitar escuchar el lamento, que hiere por su debilidad, que reordena la realidad e intuye el orden del caos primigenio. Debilidad acuciante, traspasada de delirio profético, en un tiempo distinto al tiempo del ser humano (pretérito, presente y futuro fraccionados y mezclados entre si formando el espacio único de los aconteceres y de las profecías que son y que ya fueron): metafísica blanda del enfermo. Te distorsionas como la última nota de una guitarra eléctrica estrellada contra el suelo,
chispazos / una pequeña llama que se apaga con una certera meada / el lamento quebrado / débil y profundo a la vez / el lamento…
Hoy, otro dios ha puesto su dedo índice sobre tu frente y te ha matado y te ha enterrado simuladamente. Tú le deseas a ese diosecillo desgraciado una muerte real: No olvidas, no perdonas; tampoco tienes esperanza en la venganza.
Dios sombrío / fugitivo que mata en la oscuridad / hombre doméstico aniquilado a la luz del día
Te confundes con mi verborrea, con mi verdad acrílica; no eres mi igual: “¡Déjame en paz!”, gritas. Pero estás solo..., tú frente a ti, deidad arbitraria.
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