Mientras tanto, su prestigio y su fama crecían en París, donde se convertía en una leyenda viva que todo el mundo creía muerta. Un día se le inflamó una rodilla, y ese fue el comienzo de la enfermedad que lo llevó a la tumba, un carcinoma que le hizo peregrinar, con terribles sufrimientos, desde el desierto hasta un hospital de Marsella. Se le amputó la pierna, caminó con muletas, ansiaba una pierna ortopédica. Pero la enfermedad avanzó inmovilizándole todos los miembros, "como ramas secas de un árbol que todavía no ha muerto por completo", según el limpio símil de su biógrafa Starkie. Tomaba té de adormideras y contaba historias lejanas a los vecinos. Un día antes de su muerte dictó, semiinconsciente, una carta a su hermana Isabelle, dirigida a una compañía naviera: "Me hallo enteramente paralizado y desearía por ello subir pronto a bordo. Tengan a bien comunicarme a qué hora se me podrá embarcar". El 10 de noviembre de 1891, murió sin haber cumplido los treinta y siete. Lo enterraron en su detestada aldea natal, Charleville, sin ningún discurso. Cuando, ya muy enfermo, un conocido le habló de su poesía y de literatura, Rimbaud contestó con un gesto de desagrado: "Qué más da todo eso. Mierda para la poesía". La idea no era nueva en él, ni producto de la agonía. Muchos años antes, en el borrador de Una temporada en el infierno, había anotado: "Ahora puedo decir que el arte es una tontería". Quizá dejó de escribir tan sólo por eso.
JAVIER MARÍAS, Vidas escritas, Suma de Letras SL, Madrid, págs. 214 y 215
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